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BEISBOL 007

Nuevas historias del ring La gloria también golpea

La recreación de las batallas y hazañas de los hombres ha sido un tema primordial de la literatura. De ahí se nutren las modernas epopeyas del deporte como una vertiente donde pueden coincidir el periodismo y la literatura. En La gloria también golpea. De la Hoya vs Chávez 1 (La Dulce Ciencia Ediciones), que se presenta este sábado, Alejandro Toledo continúa esa tradición y así lo plantea desde este prólogo.

 

... y todo fue cristales rotos,
el mismo silencio de espejos apagados
alguien cae,
alguien cae.
Rafael Acevedo
Balada del Caesar’s Palace

Los hombres, atrapados en un presente eterno, creamos nuestras propias mitologías. Acaso el surtidor principal de esa saga íntima es la infancia, “el espejo en el que nos seguiremos mirando”, dice el escritor Francisco Tario. Mi infancia transcurre en los años sesenta del siglo xx y está llena de instantáneas deportivas: como imagen inaugural, me veo atravesar uno de los túneles del Estadio Olímpico rumbo a un encuentro nocturno entre el equipo de la Universidad Nacional y el América, cuando Enrique Borja era estrella universitaria, hasta encontrarme de pronto con el paisaje extraordinario de una cancha iluminada; poco después en ese mismo foro, el 19 de octubre de 1968, vi al estadunidense Richard Fosbury conquistar la medalla dorada olímpica con su nueva forma de ejecutar el salto de altura. Esa memoria mía cierra el 21 de junio de 1970, al atestiguar desde las gradas altas del Estadio Azteca, llevado ahí por el abuelo paterno, la coronación de Brasil ante Italia por cuatro goles a uno. Tenía yo entonces sólo siete años de edad.

EL REINADO 
DE MOHAMED ALI

Aunque la figura que domina mi niñez es boxística: Cassius Marcellus Clay, Mohamed Ali, a quien desde esa década y hasta mediados de la siguiente vimos en casa con sus grandes peleas, desde sus enfrentamientos con Sonny Liston de 1964, en el primero de los cuales conquistó el cinturón de los pesos completos (y considerando el famoso “golpe fantasma” del segundo encuentro), hasta sus combates históricos con Joe Frazier y George Foreman. El acontecimiento implicaba el reacomodo de muebles alrededor de la televisión, que se convertía entonces en una invitada más a la mesa. Así como por ese tiempo Julio Cortázar en Rayuela puso a ejercitar a la novela, haciéndola dar saltos de un capítulo al otro, en el cuadrilátero Mohamed Ali parecía volar como mariposa aunque picaba (o pegaba) como abeja. Resume Joyce Carol Oates esa carrera: “El estilo del joven boxeador, enfrentado a un mortífero golpeador como Sonny Liston, consistía simplemente en adelantarse a sus ideas y maniobras: nunca antes, y nunca después, ha desplegado un peso pesado un estilo semejante, una inimitable combinación de inteligencia, sagacidad, gracia, irreverencia, astucia. Era tan deslumbrante el talento de Ali en su juventud que no estaba del todo claro si de hecho él tenía lo que los boxeadores llaman coraje, la capacidad de seguir peleando cuando ha sido lastimado. En años posteriores, ya reducida la velocidad de Ali, emergió un boxeador nuevo y más complejo, un boxeador más grande aún, podría decirse, como en la trilogía de combates con Joe Frazier”.

Un poco para recordar dicha época, para seguir haciéndolo, vi hace unas semanas el documental Facing Ali (Pete McCormack, 2009), con entrevistas a algunos de los rivales de Ali, caleidoscopio de testimonios entrañables de lo que rodeó a esas peleas históricas y dibujo a la vez de lo que puede ser la curva de gloria y decadencia en la vida de un boxeador.

La frontera última, el punto que no debe ser cruzado en el pugilismo, es la pelea extra, aquella que se libra por orgullo o dinero en el declive de una carrera y ya en condiciones físicamente vulnerables. Ali no tuvo una sino dos de esas peleas, contra Larry Holmes la primera y Trevor Berbick la segunda; esto ya a comienzos de los años ochenta, cuando pudo retirarse luego de vencer a Leon Spinks en 1978 (que lo había derrotado meses antes), y obtener por tercera ocasión el título de campeón de los pesos completos. Dijo entonces Ali: “Peleé demasiado tiempo, recibí demasiados golpes, por esto tengo mucha suerte de estar aquí hoy y poder alardear de esta forma. Ahora seré un campeón eterno, me iré de forma limpia”. No se fue de esa manera, aceptó aún esas dos batallas de la sinrazón; y parte de su estado físico actual puede deberse, como sugiere el documental, tanto a una predisposición al mal de Parkinson como a esos golpes de más recibidos entonces. El documental es un entrañable acto de respeto y amor por parte de sus contrincantes, uno de ellos George Foreman, que dice estas palabras: “Hoy en día, cuando veo a Mohamed Ali veo a un héroe. Olviden todo eso de que era de una minoría étnica, y da igual que los héroes pierdan un brazo o una pierna, siguen siendo hermosos gracias a lo que hicieron”.

Es lo que mejor guarda mi memoria boxística, el reinado de Ali, que me tocó vivir en mi infancia y gran parte de mi adolescencia. Acaso, como una suerte de eco lejano, a veces vienen a mí también las voces de los narradores televisivos de entonces, como un rumor que es parte del soundtrack de la niñez; escucho además esa cantinela del “Mío, mío, mío, mío” de José Ángel Mantequilla Nápoles, quien así atesoraba el cinturón recuperado; o, acaso de más lejos, quizá de la memoria colectiva, el inmortal “Todo se lo debo a mi manager y a la virgencita de Guadalupe” de Raúl El Ratón Macías.

“YO QUE CONFUNDO
EL JAB CON EL UPPERCUT”

Asistí de niño a algunos entrenamientos como aprendiz de boxeador en el Centro Cultural Miguel Hidalgo y Costilla, mas nunca subí al ring; o sólo un par de veces, en un gimnasio del centro de la Ciudad de México, al recibir algunas enseñanzas inesperadas por parte de aquel actor-luchador conocido como Frankenstein, cuyo nombre real era Nathanael Evaristo León Moreno, presencia frecuente en las cintas del Santo y Blue Demon... La lucha, aclaro, no es para mí un deporte, es sólo circo; un circo que puede ser rudo, pero que no implica una competencia justa. El ring en el que combatí al llegar a la edad adulta fue otro, el del periodismo cultural y la crítica literaria, hasta convertirme, unos diez años más tarde y por los oficios de Ramón Márquez, en cronista deportivo para el diario El Universal.

El equipaje que cargaba al llegar a esa redacción era el que ahora he mostrado, del todo insuficiente al asistir a una función y observar, para convertirla en texto, una pelea, incluso de las que aún se realizaban en la Coliseo en la disputa de cinturones nacionales, en una época de no grandes brillos en el boxeo local, cuando la televisión había relegado las funciones sabatinas al dominio del Pago por Evento, y los únicos que se emocionaban por los golpes eran los apostadores, el público más regular de esa arena. Me identificaba entonces con estos versos del cubano Nicolás Guillén:

Yo que confundo el jab con el
uppercut,
canto al cuero, los guantes,
el ring... Busco palabras
las robo a los cronistas deportivos
y grito entonces: ¡Salud, músculo
y sangre,
victoria vuestra y nuestra!
Héroes, también titanes.
Sus peleas
fueron como claros poemas.
¿Pensáis tal vez que yo no puedo 
decir tanto,
porque confundo el jab con el 
uppercut?
¿Pensáis que yo exagero?

Para entender qué pasaba en el cuadrilátero, no con ojos de aficionado sino como alguien que pretende convertir en crónica aquello que ocurre entre las cuerdas, acudí a los libros (Hemingway, Cortázar, Norman Mailer, entre otros, en la búsqueda del boxeo narrativo); y uno de mis mejores managers fue un título que ya cité por lo que en él se dice de Mohamed Ali, Del boxeo, de la escritora norteamericana Joyce Carol Oates.

Frecuenté los gimnasios, claro: el Margarita, el Nuevo Jordán, el Romanza, y entre peras y costales (y no entre peras y manzanas) conversé con los entrenadores y sus muchachos. Eran los últimos años del dominio de Julio César Chávez como campeón superligero; los combatientes más regulares eran Ricardo Finito López y Daniel Zaragoza, pupilos de Ignacio Beristáin. Miguel Ángel González, El Mago, estaba obsesionado con enfrentar al Golden Boy, Óscar de la Hoya. El boxeo femenino empezaba a surgir y teníamos, sobre todo, a La Poeta del Ring, Laura Serrano. Indagué poco en el pasado, sólo profundicé, creo, en la historia trágica de Salvador Sánchez, de quien busqué a sus padres y a su entrenador, Cristóbal Rosas, que me refirió las últimas horas en la vida de Sal Sánchez. Me entretuve, más bien, en ese que era el presente del boxeo mexicano, y que hoy es ya historia.

Intentaba, sobre todo, aprender a mirar una pelea, lo que no es fácil. ¿Cómo atrapar esos movimientos, esos golpes, que ocurren a la velocidad del viento? Asistí una noche a una pelea de Mike Tyson en Las Vegas que duró sólo tres o cuatro golpes; en México no se había transmitido en televisión abierta y el editor esperaba para la medianoche, a más tardar, una crónica extensa. Me encontré solo entre la multitud. Tuve que correr al hotel en donde me hospedaba y subir con gran prisa a la habitación, donde tenía lista una complicada conexión con el diario por la vía del cable telefónico (antes de que se perfeccionara el Wi-Fi) y mandé lo que pude teclear con la urgencia del cierre. ¿Qué había ocurrido en esos noventa segundos de acción efectiva? ¿Cómo hacer la crónica de ese instante?

Tuve que suplir mis carencias como observador directo del deporte (ejercicio que requiere una ardua educación de la mirada) con un reporteo exhaustivo, siguiendo este método básico: ir con los peleadores a que hicieran el recuento, o cuento, de sus carreras y sus combates; hablar con sus entrenadores para que narraran el trayecto completo de su pupilo; y cotejar lo recopilado de viva voz con las crónicas, ya que una gran parte de la historia del boxeo mexicano no está en los libros, escasos, insuficientes, sino dormida en las hemerotecas. Pude así recrear batallas como aquella del 9 de agosto de 1985 en Miami en la que Daniel Zaragoza exponía por vez primera el cinturón mundial gallo ante el colombiano Miguel Happy Lora:

Zaragoza nunca había besado la lona. Dos veces se derrumbó esa noche. En el cuarto asalto (en que ocurrió la primera caída) acabó tan mal que lo quisieron reanimar con sales de amoniaco. En el quinto (segunda caída) dio la maroma y terminó en una esquina neutral.

Confesó después de la pelea: “Realmente no recuerdo haber caído en el cuarto ni en el quinto round. Sí recuerdo haber estado en la lona después de recibir un gancho al hígado, pero luego de eso no recuerdo nada. Creo que tuve una laguna mental entre el momento de la primera caída y el noveno round”.

Se mantuvo en pie milagrosamente. Y consiguió así, como por instinto, que no lo noquearan, pues el colombiano buscó por todos los medios destruirlo. El nuevo campeón, Miguel Happy Lora, felicísimo, reconoció al final que estaba extenuado, que tenía los brazos adoloridos. Tiró demasiados golpes.

EL ÚLTIMO DE LOS ÍDOLOS

Una experiencia extrema fue el acompañamiento que hice de Julio César Chávez y Óscar de la Hoya en su viaje promocional por los Estados Unidos, jornadas que aproveché para charlar, en uno o en otro avión o en las pausas entre conferencia de prensa y conferencia de prensa, con los peleadores. La relación de lo que ocurría en el presente me llevaba a la historia de cada cual, para narrar así sus vidas paralelas (diría Plutarco). Era una oportunidad algo esquizofrénica de convivir con ambos, como el reportero que brinca durante el día de una a otra trinchera en la víspera de una gran batalla.

La posibilidad de realizar en el periodismo estos acercamientos en la vida de los peleadores se debía en gran parte al editor, Ramón Márquez, que abrió las páginas de la sección deportiva a lo que dieran las capacidades del reportero, con planas enteras por llenar siempre y cuando se utilizaran para contar buenas historias. Era una libertad y una exigencia. Él había crecido en el oficio con Manuel Seyde, en el viejo Excélsior; y aprovechó esas enseñanzas cuando estuvo a cargo de las páginas deportivas del también viejo unomásuno y de El Universal. Porque esa condición, la de poder escribir con largueza, no siempre se cumple (o rara vez) en el medio periodístico mexicano.

Hace tiempo, en una charla radiofónica a la que ambos fuimos invitados para hablar del estado actual del periodismo deportivo, el periodista Sergio Guzmán, pupilo de Ramón Márquez (y quien heredó la sección deportiva del unomásuno), recordaba una distinción establecida por la actriz María Félix entre las mujeres guapas y las bonitillas: la primera se prepara, cuida su arreglo interior y exterior, se cultiva; la segunda no se preocupa por nada de eso y cree que sólo por su apariencia será celebrada. La prensa deportiva actual, concluía Sergio Guzmán, es bonitilla; se toma como divisa aquello de que una imagen dice más que mil palabras, cuando esas mil palabras en buena prosa pueden decir tanto como la imagen, o completarla, dialogar con ella, enriqueciéndose ambos discursos, el de la fotografía o el diseño y el de la escritura, y enriqueciendo al fin la experiencia del lector. Lo ideal, pues, es que la crónica deportiva recupere esa guapura que en otros tiempos ha tenido.

O se puede acudir a otros medios. El documental de Diego Luna sobre Julio César Chávez, realizado en 2007, muestra las posibilidades que hay en la pantalla para contar una historia compleja, como puede ser la de un boxeador exitoso, incluido el contexto social (la pobreza de la que emerge, el contacto inevitable con la mafia del narcotráfico) y político (en este caso, la forma en que Carlos Salinas de Gortari se sirvió de su amistad con el campeón para afianzarse en la silla presidencial, y la consecuente venganza de Ernesto Zedillo, que persiguió fiscalmente al superligero). Chávez es quizá la última gran figura de nuestro pugilismo, el último gran ídolo. Como sucedió con Ali, también le fue difícil retirarse y después de las dos peleas que perdió contra Óscar de la Hoya arrancó una gira del adiós en la que dolorosamente se fue dando cuenta del paso del tiempo. Su llanto, luego de un combate final, cierra la cinta.

HAZAÑAS CONTADAS
Y POR CONTAR

Destaco dos esfuerzos regionales por contar la historia del boxeo. Uno es el libro La fábrica de boxeadores en Tijuana (2012), de Omar Millán; y el otro Lauro El Tigrillo Salas: nocaut al olvido (2013), de Héctor Leal. Con imágenes y palabras ambos títulos se enfrentan al pasado boxístico. El de Leal tiene la circunstancia de ser el primer título sobre pugilismo que se edita en Monterrey, dedicado al que fue su primer campeón mundial, el peso ligero Lauro Salas, que triunfó en los años cincuenta. El libro sobre Tijuana aborda la cuestión fronteriza, el escalón del que muchos se sirvieron, incluido el mismo Julio César Chávez, para arribar a los torneos internacionales. “De hecho, el boxeo jamás ha sido un juego”, dice Jon Lee Anderson en el prólogo del tomo tijuanense, “sino más bien una forma de vida, una carrera basada en el rito de supervivencia más antiguo —combatir físicamente para preservar la propia vida— que se transformó en espectáculo. Y, como tal, le ha ofrecido a jóvenes de todo el mundo, y de todos los credos y razas, una ruta posible para escapar de la pobreza.” En cuanto a los peleadores mexicanos, esa ruta suele pasar por Tijuana.

Otros ejercicios recientes se me vienen a la cabeza. Está, por ejemplo, la obra de teatro Baños Roma (2013), de Jorge Vargas —presentada en distintos foros—, que asume la experiencia documental: un grupo de teatreros viaja a Ciudad Juárez en busca de José Ángel Mantequilla Nápoles, del que se tiene la referencia que entrena jóvenes en un gimnasio del lugar, y testimonian tanto el estado físico del ex campeón, enfrentado al fantasma de olvidar el nombre de su compañera de vida mas no su cariño por ella, como la situación de violencia social de Ciudad Juárez, los rounds diarios, sin límite de sangre, en una guerra sin cuartel. Y esto se convierte en una acción real, efectiva: rescatar el gimnasio Baños Roma, que estaba en el abandono, y también la memoria del ídolo haciéndola presente.

O pienso en el periódico mensual Esquina boxeo, editado por un grupo de jóvenes a los que entusiasman tanto los golpes poéticos de la gran literatura como las hazañas del cuadrilátero, creadoras para ellos de instantes epifánicos, donde se mezclan el dolor y la rabia con la posibilidad de acceder a la gloria. Estos jóvenes leen las peleas como si fueran libros, con pasión, subrayando sus puntos clave, y viceversa. Son, además, enciclopedias andantes, como si hubieran nacido con el pasado del boxeo pegado a la piel.

La del boxeo mexicano es una historia siempre por escribirse, pero de la que se han contado ya algunos episodios memorables. El ayer es esquivo, mas es posible ir tras él y atraparlo, aunque luego vuelva a huir. Se encuentra uno con él en muchos ámbitos. En la literatura, en Las glorias del gran Púas (1978), el retrato que hace Ricardo Garibay de Rubén Olivares; o en la recopilación de testimonios de José Ramón Garmabella de seis Grandes leyendas del boxeo (2009). En el cine tenemos Campeón sin corona (1945), de Alejandro Galindo, que no le pide nada en efectividad dramática a Toro salvaje (Raging Bull, 1980), de Martin Scorsese. Se habla, por cierto, de que el director estadunidense decidió subir la cámara cinematográfica al ring, para que los peleadores tiraran hacia ella sus golpes más certeros, luego de observar Pepe el Toro (1953), de Ismael Rodríguez.

Hace poco me encontré casualmente con Guantes de oro (1961), de Chano Urueta, cuyo mayor acierto es reunir a viejas glorias del boxeo mexicano, grandes figuras de los años cuarenta y cincuenta, que en el filme apadrinan a una estrella naciente. Hay un momento memorable, emotivo, en el que Antonio Andere presenta en el cuadrilátero a esos quince veteranos y dedica a cada uno de ellos unas frases, síntesis de su paso por las cuerdas. Los puros alias, a veces, son ya una cifra significativa. Empieza con Luis Arizona, El Hombre de la Macana. Sigue con Firpo Segura, Leonardo López y Chucho Nájera, peleador éste, dice Andere, que “dejó la profesión que tanto amó por una tragedia en el cuadrilátero”. Toca el turno de un hombre con lentes oscuros y bastón, del que se comenta: “El valor, la casta que en cada una de sus peleas pusiera este peleador, lo hizo perder todo, inclusive la vista, ¡el enorme Lupe González!” Aparecen también Rodolfo Ramírez, El Rielero; Pedro Ortega, El Jaibo; Luis Castillo, El Acorazado de Bolsillo; Gonzalo Rubio; Carlos Malacara; Tomás López, El Conscripto, y Nicolás Morán, El Chintololo. Deja para el final a los que podrían considerarse como los más queridos, quienes recibirán esa noche los mayores aplausos. El primero: “Y aquí tienen ustedes a una de las más grandes glorias del boxeo mexicano, al señor don Luis de la Villanueva, el patito feo de nuestro boxeo, ¡el eterno, el inconmensurable y único campeón Kid Azteca!” Y luego, sin mediar palabras, la arena estalla en un enorme alarido. Al vuelo, comenta Andere: “El público ha reconocido a su ídolo antes de ser presentado, una de las páginas gloriosas más grandes del boxeo mexicano, el auténtico campeón mundial sin corona, a quien podría considerarse como una propiedad nacional, ¡el inconmensurable, el extraordinario Chango, Rodolfo Casanova!” Se me ocurre esto: alguien que mire la cinta se preguntará cuáles fueron las hazañas de esos peleadores, y no encontrará en la literatura a la mano mucho que lo saque de esa duda; y acaso alguien más, en el futuro, tomará ese momento fílmico como pretexto para indagar en esas quince historias de garra boxística. Y así, de una en una, o de quince en quince, es como podría empezar a escribirse la gran historia del boxeo nacional.

EL BOX Y LA NADA

Antes de concluir quisiera detenerme en el presente, ese, éste, en el que vivimos atrapados. Hubo para nuestro pugilismo una década perdida, en la que cesaron en televisión las transmisiones sabatinas —como ya lo dije— por apostar al Pago por Evento (que no obtuvo en México los resultados económicos que en Estados Unidos), y los foros tradicionales del Distrito Federal, la Arena Coliseo y la Arena México, se apagaron para el boxeo cambiando de giro hacia la lucha libre, afianzándose ésta como espectáculo popular citadino. Concluyeron sus carreras, entre otros, Julio César Chávez, Daniel Zaragoza y Ricardo Finito López. Estos últimos responden ya a otro modelo de peleador: no el que se entrega a los excesos, con el coctel usual de los nuevos amigos y las muchas mujeres, para terminar en una pobreza similar a la que se tenía al empezar, sino aquel que administra sus bienes y asegura una vejez tranquila. En esa misma línea quizá pueda ubicarse a Juan Manuel Márquez, quien ha librado grandes peleas y es hoy, a poco tiempo del retiro, la figura más sólida. No es casualidad que tres de los cuatro púgiles mencionados proven- gan del gimnasio Romanza, la casa de Ignacio Beristáin, verdadero hacedor de campeones.

De pronto, hace no mucho tiempo, la televisión se acordó del boxeo. Las dos empresas dominantes volvieron a invertir en él, retomaron las transmisiones de los sábados por la noche, en un contexto quizá árido para el deporte, sumido en una crisis grave, con pocos buenos entrenadores y no muchas grandes figuras en el panorama nacional. Eso no ha importado: se fabrican ídolos con rotundos golpes de publicidad, y ésta, a la hora de la función televisada, es excesiva: se rompió en pantalla aquello de los tres minutos de acción efectiva y un minuto de descanso, ahora son casi tres minutos de pelea y tres de anuncios. Domina el dinero sobre el ring. La prensa se une a las porras y aguarda su tajada. Mediante el patrioterismo exacerbado se busca imponer héroes, a los que se les construye una carrera cómoda, con rivales de bajo perfil, y que se extravían al enfrentar los duelos importantes. Ocurrió en septiembre de 2013, hasta caer en lo ridículo, con Saúl El Canelo Álvarez, que acompañó en el cuadrilátero a Floyd Mayweather Jr., quien al notar las carencias del mexicano lo boxeó sin urgencia de nada, como si estuviera ante un sparring muy novato.

Lo que me lleva a pensar que para las televisoras la nada inflada, el vacío más aparatoso, de mucho ruido y mucho color, el boxeo fantasma de estos días, también puede ser un gran negocio..


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